5 de junio de 2026
1.
Esta mañana, en algún suburbio del Gran Buenos Aires donde los eucaliptos no saben de glorias ni de décadas, un hombre fue encontrado muerto. El hecho, en sí mismo, no difiere de los millones de muertes que el tiempo ejecuta con indiferencia. Y sin embargo… Lo aprendí del libro de los muertos de los antiguos egipcios: hay hombres que mueren dos veces: una vez en el cuerpo, y otra (más lenta, más misericordiosa) cuando se desaparece el último de quienes los recuerdan. Cuando lo olvidan. El Indio, acaba de morir la primera muerte. La segunda, sospecho, tardará siglos.
Él lo sabía, o algo en él lo intuía con esa inteligencia oblicua que tienen los poetas verdaderos. En Juguetes perdidos hay una imagen que me persigue: la de los objetos que fueron amados y que ahora yacen en el polvo de algún cajón —no destruidos, sino perdidos, que es una forma de la eternidad más triste que la destrucción. Lo perdido no muere. Flota, flota irrelevante, sin cuidado de nadie. Ocupa un espacio sin coordenadas en la memoria del universo.
Así también las voces. La voz del Indio, litúrgica, burlona, tierna, no es ya la voz de un hombre: es el sedimento de millones de gargantas que la cantaron en una Argentina que no termina de nacer. Una voz que fue lanzada al aire y que el aire no supo devolver con la misma dignidad.
Me pregunto si la muerte comprende lo que acaba de hacer. Ha recogido un juguete que no le pertenecía. Simplemente lo tomo, sin derecho, sin advertirnos (como aprendí desde hace décadas que hace siempre la muerte, téngalo muy en cuenta).
Hoy, en algún lugar impreciso entre Buenos Aires y la memoria colectiva, Patricio Rey sonríe porque sus Redonditos siguen siendo de Ricota. Y el Indio, que ya había dicho que no le tenía ningún miedo a este momento, estará, presumiblemente, revisando el cajón donde se guardan todas las cosas que creímos perder.
Nada se pierde del todo. Todo se pierde un poco.
Buen viaje, Indio. Cuide esos juguetes.
"Juguetes perdidos, que el tiempo guardó / en el último cuarto que nadie limpió."
2.
Magoo me corrige, y tiene razón: son más de cuarenta años. Cuarenta años en los que una voz, la voz del Indio, fue el hilo invisible que cosió sin que lo supiéramos las escenas dispersas de nuestras vidas, dándole un orden y una lógica.
Lo pusimos en todos lados, solo “por la causa”. No sabíamos bien cuál era la causa, o quizás la causa éramos nosotros mismos, jóvenes y torpes y convencidos de que la música era una forma de la ética, una forma de identidad revelada a los demás. Lo escuchamos antes de que el Indio fuera famoso, admitir esto, el confesarlo abiertamente, claro, es una forma de vanidad pero también, si uno es honesto, es una forma de declarar el amor: amar algo antes de que el mundo lo ratifique tiene la pureza extraña de amar en secreto, de amor eterno y sin condiciones.
Los cassettes piratas (segunda generación, tercera, cuarta, el sonido degradándose como una fotocopia de una fotocopia de una imagen inicial de mala calidad) guardaban sin embargo algo intacto: una sensación vívida que se reforzaba con cada escucha, que no necesitaba de la fidelidad del audio porque era fiel a otra cosa. Luego vinieron los vinilos con su liturgia de la púa y no rayarlos y todo su ritual y el silencio antes del primer surco (que con el tiempo aparecía el ruido a huevo frito de fondo), luego los CD, luego los mp3 (esos archivos sin peso, sin olor, sin la resistencia física de las cosas que se aman con las manos) y luego YouTube, donde todo está y nada pertenece a nadie.
En la lancha, con amigos. En la ruta, en la SP5, donde el asfalto y la letra se confundían en una sola velocidad. En soledad, que es cuando la música habla más alto porque no compite con nada. En las fiestas. Y en esos sábados a la noche (sí, hubo una época de sábados por la noche, y no está del todo perdida aunque duerme para despertarse solo en escasas ocasiones) en que con los amigos se hablaba de cosas serias y profundas, como si la seriedad y la profundidad fueran también una forma de la celebración. El tiempo siempre nos roba el nombre de las cosas, pero dejó su olor en esta habitación.
Mientras charlaba con Magoo, convenimos que la noticia es una magdalena de Proust, pero una magdalena argentina, bien criolla, que sabe a mate frío y amargo y a humo en los ojos y a río marrón. Cada canción es una puerta que, al abrirse, no da a un cuarto sino a miles de cuartos simultáneos, a miles de versiones de uno mismo que creyeron haberse ido y que están ahí.
Pero (y esto es lo que distingue a los grandes de los meramente queridos) el Indio no solo habitó nuestro pasado antiguo, ese territorio de la nostalgia donde todo resplandece con la luz falsa de lo irrecuperable. También estuvo en el pasado reciente. También estuvo, de algún modo que la razón no termina de explicar, en cada presente y evidentemente lo estará en el futuro. Es siempre distinto, como ese libro que leíste hace décadas, que es el mismo pero hoy al leer es distinto, o aquello que no te gustaba y hoy te gusta o al revés, porque vos sos el mismo y sos completamente distinto (¿por qué seguimos siendo los mismos si somos otros?)
Eso es lo que hacen lo que culturalmente se denomina “un clásico”: no quedarse en un momento sino perdurar, permanecer para siempre y siempre ser querido y admirado. El Indio creció con uno. Evidentemente vamos a envejecer con él a nuestro lado.
Más de cuarenta años. Y el mapa que hicimos con su música (sin saberlo, sin quererlo, por la pura acumulación de escuchas y de vida) resulta ser el mapa de nosotros mismos.
El Indio se fue esta mañana. Pero su música sique muy viva, y sus canciones somos nosotros.
3.
Hay cosas que no se van cuando se van. Yo lo sé muy bien y lo aprendí temprano en mi vida, porque a veces, en un pasillo o entrando a alguna casa, me llega un perfume que no tiene dueño visible (¿qué es, tabaco, o jazmín, o el olor particular de una tarde que ya no existe?) y sé que es alguien que estuvo allí. No hablo de un fantasma: algo más quieto y mucho más cierto que un fantasma. Una permanencia sin cuerpo, una forma del ser que aprendió a prescindir de la materia y que está y se nos manifiesta de distintas formas solo perceptible a nosotros o a algunos.
Las personas que amamos nos dejan esas pistas invisibles. Una palabra que decían y que de pronto uno dice sin querer. Un gesto que nos habitó tanto que ya no sabemos si es de ellos o nuestro. El recuerdo de una risa en un momento preciso (las tres de la mañana, la lancha, la ruta, el sábado) que aparece sin ser invocado y dura lo que dura una llama cuando no hay viento: poco, pero, como hacen las llamas, con una intensidad tal que avergüenza a las cosas permanentes.
El Indio será así. Estará en el olor de un auto con el volumen bien alto. En la manera en que alguien tararea sin saber que tararea esa canción del Indio. En la pausa exacta antes de que empiece La Bestia Pop, cuando todavía no suena nada y sin embargo ya empezó todo. Estará en Magoo, en Mariana, en el Guille, en Sonia, en Herr Profesorr, en ir y volver de la Ferrere con esa música… cuando nos veamos y veamos toda una vida.
Y estará en mí cuando lo escuche y piense en aquellos que siempre continúan con migo.
El Indio estará entre nosotros como están nuestros amigos y como están los que nos formaron y nos hicieron ser quienes somos: no enfrente, no arriba, sino adentro, confundidos ya con lo que somos, irreconocibles e imprescindibles, como la sal en el agua del mar.




